En los albores del sigo XIII, a raíz de la crisis que estaba padeciendo la Iglesia como reflejo de los cambios sociales y políticos vividos en este momento en el mundo occidental, surgieron nuevos movimientos religiosos que ayudarían a salvar en el plano terrenal la historia de la Salvación.
El mundo monástico, que había sido la guía espiritual de Occidente prácticamente desde el final del Imperio Romano, no respondía alos nuevos problemas tanto materiales como espirituales que se planteaba la nueva sociedad que estaba emergiendo a causa dela crisis del sistema feudal.
Precisamente la respuesta llegaría con la génesis de las llamadas órdenes mendicantes, que con una nueva interpretación evangélica centrada en la predicación de la pobreza y con una mejor actitud pedagógica para llegar a las masas populares revolucionarían la espiritualidad occidental. Dos grandes personajes serían los protagonistas de la nueva situación, por un lado un rico mercader nacido en Asís, llamado Francisco que fundaría la Orden de los Hermanos Menores y por otro, la figura de Domingo de Guzmán, que constatado por la crisis espiritual vivida en este momento, fundaría la orden de los Predicadores.
En los primeros años del siglo ambas congregaciones tendrían su estructura definitiva, aprobándose sus Reglas en 1223 para los franciscanos y en 1228 para los dominicos.
Pronto surgirán nuevas órdenes mendicantes siguiendo el ejemplo de las anteriores, como la de los Carmelitas, también de principios de siglo y la de los Ermitaños de San Agustín, a raíz de la unificación de grupos de ermitaños. Inspirados en la nueva espiritualidad practicada por las recién creadas órdenes religiosas, surgieron una serie de agrupaciones de seglres que intentaban buscar una vida más intensa en el campo espiritual.
La ciudad de Florencia entre los años 1200 y 1250 sería un fiel testigo del nuevo ambiente religioso vivido en Occidente. Comenzaron a surgir grupos de laicos que preocupados por su vida interior fundaron asociaciones piadosas dedicadas a la caridad y al cultivo de su fe,como fue el caso de un grupo de siete mercaderes que entraron a formar parte de una asociación de penitentes que tenían a su cargo el hospicio de Santa María de Fonte Viva.
Estos siete hombres, Buonfilio de Monaldi, Giovannni de Buonagunta, Bartolomeo Degli Amidei, Riovero dei Lippiuguccioni, Benedetto dell Antella, Gherardino de Sostegno y Alessio de Falconieri, fundarían hacia 1233 un nueva orden mendicante que sería bautizada con el nombre de los Siervos de María.
El origen de la nueva Institución está narrada en un documento escrito años más tarde entre 1317 y 1318 por el servita Pietro de Todi denominada la “Legenda de Origine Ordinis Fratum Servorum”. El autor cuenta como dichos comerciantes deciden abandonar la familia y su profesión el 15 de agosto del mencionado año de 1233, viviendo en una pequeña casa fuera de las murallas que circundaban la ciudad del Arno. En la zona de Cafaggio:
“Había en Florencia fuera de las puertas de la cuidad, en la esquina del cementerio de los frailes menores... una pequeña casa... Reuniéndose en día citado, en dicha casa... realizaron su deseo de vivir unidos...” La primera aprobación de esta comunidad lo recibirían de su propio obispo diocesano, Ardingo, siendo su primer prior el hermano Buonfilio.
Lo que podía haber sido de desarrollo normal de uno de los múltiples grupos nacidos en estos años en la ciudad del Arno, se transformará en uno de los grupos religiosos más influyentes, gracias a los avatares del destino, ya que la dificultosa vida política vivida en la urbe a raíz de la guerra de los güelfos de gibelinos le aconsejaron retirarse de su primera casa fundacional al monte denominado Senario, a dieciocho kilómetros de la ciudad italiana.
Este hecho ocurriría en 1245, donde cuenta la leyenda en el nuevo centro fundacional se le aparecería la imagen de la Virgen vestida de negro con su corazón atravesado por siete puñales. Pronto la comunidad aumentaría de miembros y sería muy respetada en los ambientes populares. Un trozo de la leyenda así lo menciona:
“Algunos, al observar su ejemplo y reflejar en él sus vidas como en un espejo, se daban cuenta de su propia imperfección y cambiaban su manera de vivir”
Un nuevo impulso a la Orden ocurrió en el año 1249 cuando el cardenal Raniero Capocci, legado pontificio reconocía los Estatutos de los Siervos de María, que posteriormente sería ratificada en 1256 por el Papa Alejandro IV en la Bula “Deo Grata”. Anteriormente el cardenal legado Pietro concedía al prior del Monte Senario, Fray Bonfiglio, la creación de una iglesia en Cafaggio hoy conocida con el nombre de Santa María Annunziata.
Nuevos avatares dificultaron el ciclo evolutivo de la nueva orden religiosa, aunque al mismo tiempo le daría más vitalidad y fuerza a sus miembros. El inesperado acontecimiento ocurriría en 1215 en el IV Concilio de Letrán, durante el pontificado de Inocencio III, donde se intentó frenar a los múltiples movimientos que habían surgido durante estos años, medianteel sometimiento a las reglas de la vida religiosa ya aprobadas por la Iglesia,pudiendo escoger entre las de San Agustín o la de San Benito para Occidente y la Regla de San Basilio para Oriente. A esta medida se le unió las prohibición de la incorporación de nuevos miembros a las nuevas corporaciones, salvo los franciscanos y los dominicos.
Posteriormente el II concilio de Lyon, auspiciados por el Papa Gregorio X celebrado en 1274, intentó poner en práctica las directrices del Concilio anterior, lo que afectaba a la futura vida de la Orden Servita.
La situación sería salvada por la activa labor de su más insigne miembro, llamado Felipe Benicio que paradójicamente había nacido en el mismo año que la propia Orden. Tanto la “legenda de Origine” como la “Legenda Beai Philippi” ilustra ampliamente la figura del santo. Había nacido en Florencia y a los 20 años ingresaría en la orden, llegando a ser Prior General de la Orden con sólo 34 años de edad.
Su vital personalidad ayudaría a ña expansión de la orden por otros territorios europeos, aunque no pudo conseguir en vida la definitiva aprobación de su Congregación como Orden Mendicante. La muerte del santo, ocurrida en 1285 supuso una pérdida insustituible para la Orden, aunque gracias a la defensa que hizo de la misma sería aprobada años más tarde con la bula “Dum Leramus” del Papa Benedicto XI, quien cerraría la contraversia originada por los citados concilios.
Posteriormente en 1487 el Papa Inocencio VIII con la constitución “Mare Magnum” concedía los mismo privilegios y prerrogativas que a los franciscanos y a los dominicos.
En el siglo XVI los servitas tuvieron un cierto protagonismo en el Concilio de Trento, hasta alcanzar los siglos XVII y XVIII cuando llegarían a su máximo esplendor, momento sería santificados Felipe Benicio en 1671, Peregrino Lazzioso EN 1726 Y Juliana Falconieri en 1737 gracias al papel protagonista que comenzaron a tener las Órdenes Terceras de los Siervos de María.
Un período de decadencia viviría en 1810 a raíz de la supresión de la Orden por Napoleón I, aunque pronto con la derrota de Bonaparte los Servitas pudieron recuperarse hasta nuestros días, expandiéndose por el resto del mundo.